“PSSS, NIÑA, NECESITO HABLAR CONTIGO…”

ya estoy un poquito “gastado”, pero todavía me quedan algunas muelas“

Como cambian los tiempos, Venancio, qué te parece”, ¿recuerdan ese sabroso son?, pues bien, ayer se me ocurrió filosofar un poco sobre el modo de enamorar a través de la historia, y como siempre hablo a título personal, hablaré, o mejor dicho, escribiré sobre lo que conozco y he vivido o me han contado de buena tinta.

¿Cómo la enamoraron a usted? ¿Cómo enamoró usted?, esas son preguntas sabrosas, porque estoy seguro de que aflorarán frases y modos, tantos como enamorados hay sobre la faz de la tierra. No hablo ya del macanazo en la cabeza del que menciona la más especulativa de las literaturas sobre la prehistoria, ni de las piedrecillas lanzadas al paso de la diosa amada, me referiré únicamente a esos discursitos sosos y lacónicos que pronunciábamos tartamudeando, sudando frío y  con el corazón en la boca cuando en mi tiempo de adolescente, pretendíamos a alguna mozuela.

Casi siempre empezaba así: La muchacha se acercaba y nosotros, después de mucho pensarlo, de haberla dejado “escapar” un millón de veces, de recibir un millón de empujones de los “socios”, nos decidíamos a la “conquista”. “Psssss, niña, necesito hablar contigo”, ahí mismo empezaba la sudadera, el temblor en las piernas y el deseo de que aquello terminara pronto aunque nos mandaran a freír tusas. En la mayoría de las veces, la muchacha miraba asustada, porque eran tiempos en los que por cualquier esquina aparecía el padre, la madre, una tía o una maldita vieja chismosa que te embarcaba en una cuarta de tierra. Entonces venía lo más duro de responder o argumentar, la bella te miraba con cierto desprecio y espetaba: “¿De qué?”, ¡Ay, mi madre!, ahí se formaba el enredo, ¿¡de qué!? ¡cómo recordar las palabras que habíamos preparado y hasta escrito en un papel para aprender de memoria, con pedazos de cartas que supuestamente escribió Vargas Vila o poemas de Amado Nervo o José Ángel Buesa!

Casi siempre, a los más tímidos se nos enredaba la lengua de tal modo, que lo que nos salía de la boca no eran palabras, sino un murmullo incoherente, lleno de “gallos” y para colmo, si la chica era un poquito más avispada, nos miraba y soltaba la risa, nos daba la espalda y allí quedábamos, con la boca abierta, blancos como un papel, pasando el susto; a veces nos quedaba un poquito de de orgullo y se nos escapaba, como en un silbido, sin fuerzas, un “oyeeee, ven acá, chica” que completaba el papelazo, porque ella seguía caminando y riéndose.

Sin embargo, no siempre las cosas nos salían tan mal, a veces teníamos un poquito de suerte, y en eso ayudaban mucho las “descarguitas”, esas fiestas de adolescencia que nos inventábamos los fines de semana, o las actividades recreativas que solían amenizar las noches de miércoles en las escuelas internas. Ahí sí, porque la música ayuda, no la música de ahora, en la que hay que hacer un notable esfuerzo no ya para conversar con la pareja porque eso es imposible, sino para estar frente a frente por más de dos segundos. La música de mi adolescencia y primera juventud ayudaba, y lo mismo con Fórmula V que con una sabrosa “pieza de órgano”, ese cajón inmenso que aquí en mi tierra es tradición y nostalgia, teníamos la oportunidad de acercarnos a la ninfa de nuestros sueños, tocarle las manos, acercarnos a su oído y de paso oler el agua de colonia que se ponía detrás de la oreja. Allí, más cerca de su alma decirle entonces: “Yo,…necesito decirte una cosa…” ella inmediatamente reaccionaba, echaba un poquito atrás la cabeza, nos quitaba la oreja de la boca y preguntaba sin mirar: “¿qué cosa?”, cuando eso sucedía, la pelea casi estaba ganada, ahí mismo cogíamos fuerza, como el toro cuando va a embestir y le dábamos un ligero jaloncito para acomodarnos como mismo estábamos antes, porque el asunto era esquivar su mirada, para que no nos vieran hacer muecas.

“Es que desde hace tiempo, yo… mira, que desde la primera vez que te vi, estoy enamorado de ti”, ahí había una parada oficial, esa parada era estratégica, porque si ella no estaba “puesta” para uno, te dejaba parado en el medio del salón con la baba chorreando, pero si te “aguantaba la muela”, lo demás era fácil; entonces, si se quedaba calladita, uno seguía y completaba: “¿Qué, sí o no?”. Con el tiempo esa pregunta cambió y ya no se preguntaba “Sí o no”, sino “Sí o sí”, como para ponerla en un callejón sin salida, ella a veces se reía y en ese momento podía pasar cualquier cosa, lo mismo te decía: “no, yo ya tengo novio”, que “tengo que pensarlo” o lo más triste: “No, tu no me gustas”, algo que te mataba redondito, redondito.

Sin comentarios

Era una época linda, sin lugar a dudas, y esas “muelitas” con lo feitas que parezcan hoy,  a veces “enganchaban” y después de la pregunta de “Sí o sí” venía la manito cogida, un besito en sus deditos y un apretoncito cómplice que podía desembocar en un “paseíto”, mucho más sobrio y casto que los de ahora, que a falta de una música con la que poder declararse mientras se baila, los muchachos sólo se miran, de lejos, claro está, y en cuanto tienen una oportunidad se guiñan un ojo, él le manda un recado a ella o ella a él, da igual y “vamos a descargar”, descargar, ya usted puede imaginarse lo que es.

Y mire usted, en todo tiempo, eso de mandar recados ha dado sus provechos, pero en mi caso me trae malos recuerdos. Ahí les va otro trocito de mis aventuras “casanovescas”: Corría el año 1979, estudiaba yo en una de las escuelas internas de mi tierra y comenzado el curso pasó por mi lado a una de las chicas más lindas que había visto en mi vida, unos labios que eran un primor, unas piernas parejitas parejitas, una mirada de esas que te derriten, y yo me derretía, ¡claro que me derretía!, hasta que no pude más, pero entonces me entró el dichoso calambre, el que le entra a uno y en lugar de llamarla, llamé a un “socio”, le conté mis amores y lo que necesitaba que hiciera por mí, que le hablara de mí, en otras palabras, que “me pusiera un piedra”.

Los días pasaban, yo veía que él conversaba con ella una y otra vez, y yo desesperado: “Dime compadre, qué te dijo”, nada, estoy en eso,-me decía él- es un poco difícil, pero vamos a ver”. Yo seguía esperando por la “piedra”, hasta que un día, la “piedra” me cayó en la cabeza: Los dos se empataron, y me jodí.

Y ahora, con dos hijos en la etapa por la que hace mucho tiempo pasé, veo, escucho,… y pienso: ¡Cómo cambian los tiempos Venancio! ¿Qué te parece?

“ALEJANDRO, NI HAITIANO NI JAMAIQUINO”

Con su mirada de niño y sus ojillos de ayer…

Desde que tengo uso total de mi razón lo he visto, con su paso gracioso, amoldado a un problema de salud que él mismo no quiso nunca solucionar, una hernia testicular que le ha convertido sus escrotos en inmensa bolsa, impedimenta para un andar común, por lo que Alejandro, un negrito viejo y bonachón desanda las calles de Buenaventura  en una pose singular, arrastrando los pies, con su cuerpo levemente inclinado hacia atrás y empujando con uno de sus muslos el inmenso “huevo” que ya se ha hecho tan famoso como él.

Pocos conocen de dónde viene este negro bueno y noble, callado y que cuando habla lo hace tartamudeando. Pocos conocen además cuál es su nombre completo, y todas esas incertidumbres hacen que la especulación alcance niveles de leyenda.

Unos dicen que es haitiano, otros que Jamaiquino, hasta se ha dicho que es uno de los últimos esclavos y que sin darse cuenta siguió sirviendo a la familia donde todavía pertenece.

La verdad aguarda en cualesquiera de las esquinas donde se sienta, allí puede usted, amigo mío, preguntarle cosas, saber cosas. Él mismo le responderá, porque aunque ya vive su año número 98, Alejandro oye y ve muy bien, goza de plenitud mental y lo recuerda todo, absolutamente todo.

Su nombre completo es Alejandro González Cuello, hijo natural de los santiagueros Reinaldo González Sandó y Juana Cuello Laporte. Tiene, como ya  escribí líneas arriba, 98 años cumplidos, sí, porque hasta en eso el almanaque fue  benévolo y suspicaz. Alejandro, aunque nunca se ha casado ni conocido hembra humana, nació en el  Día de los Enamorados de 1914.

mucho tiempo y poco mundo hay detrás de esos ojos

Según cuenta este ya ilustre personaje de nuestras calles, vino aquí por pura casualidad, pues desde pequeño vivía y trabajaba junto a sus padres en una zona conocida como Cupey, cercana a la nuestra. Allí, en los extensos y productivos potreros de Rogelio Planas sirvió, sobre todo como mensajero, su fidelidad a toda prueba hizo de él un hombre altamente confiable; por sus manos pasaron miles de pesos de salario para los peones de Planas, mientras que él, según dice, sólo recibía algún regalo del patrón.

Así vivió muchos años hasta que un buen día una sobrina del ganadero tomó marido y decidió establecerse más al oeste, en un pueblo en formación y por donde pasaba la carretera central, el lugar no era otro que este, desde donde escribo y vivo: Buenaventura.

Ramona Lueges Labrada, que es el nombre de la susodicha dama, preparaba el viaje, y como Alejandro estaba siempre dispuesto y disponible, vino a ayudarle con la mudanza. Ya sus padres se habían marchado para Santiago de Cuba y aquí decidió quedarse, haciendo lo que mejor sabía, servir, por el único pago que conoció, el plato de comida y una que otra moneda para gastos menores.

Así lo hemos visto siempre, según él mismo dice, hace 78 años, con una jabita, un saco, haciendo los “mandados” de la familia de Ramona, caminando por todo el pueblo, y ya en estos últimos tiempos, como no puede hacer las tareas de costumbre, se sienta a la entrada de una de las tiendas en CUC, conocidas en Cuba como “Shoppings” y pone su mano callosa, pequeña y llena de años, para que cualquiera le deje caer “algo”. Y la gente le da, el que puede, claro.

En cualquier calle, siempre con su inseparable bolso de mandados

Hace unos días conversé con él, sus ojos me parecieron los de mayor vitalidad del mundo, su sonrisa casi salvaje y su rostro cuajado de pelos blancos e indóciles me revelaron una gran verdad: “Hay niños que ni el tiempo vuelve viejos, hay siglos que no pasan en la piel de un negro bueno”. Y ahí está él, Alejandro González Cuello, con su mirada de niño y sus ojillos de ayer, con su caminar extraño pero simpático, enfrentando al mundo y a la vida con la hernia más famosa de la historia.

“MARÍA MORA: CON PAMELA Y EN PROCESIÓN”

Aquí estaba la casona de María Mora

María de los Ángeles Mora es uno de los personajes más conocidos y queridos de mi pueblo, y no creo que haya en Buenaventura, sitio desde el cual siempre escribo, alguien que no haya conocido o escuchado de aquella maestra, una de las fundadoras del poblado, iniciadora de muchas cosas y amante de todo cuanto alcanzara la vista de cualquier ser humano.

María Mora, como se le conoció y recuerda, fue una de las primeras maestras venidas desde otras tierras a plantar escuela e instrucción en este trocito de mundo, cercano a la ciudad de Holguín, en el gran “caimán” del Caribe. Llegó con su dulzura a ganarse el afecto de grandes y chicos, a marcar con su paso de faldas anchas el camino hacia el recuerdo.

No acostumbro a dar demasiados datos de vida que a la larga aburren a mis lectores, sólo quiero hacer remembranza de aquellas personas, lugares y hechos que nos dejan huellas en el alma y eso hizo aquella mujer de palabras sabias y corazón convencido de la humildad y la delicadeza.

La Capilla de María Mora

Yo estudiaba en la escuelita de Pueblo Viejo, recuerdo que salíamos a todo correr por el camino de regreso a casa y justamente en la esquina que me conducía al hogar, tenía María su enorme casona y una capilla, templo de su fe religiosa; como guardián del patio, casi a la entrada de aquel solar sin cercas ni límites duros, había una enorme anoncillo, siempre lleno de nidos y en su época cargado de esos frutos dulces y carnosos que hacen las delicias de muchos. Llegado el tiempo, corríamos a tumbar mamoncillos, y como es costumbre “de vejigos”, los mamoncillos se tumban a palos y a piedras, mas con María la cosa era bien distinta y no porque impidiera tumbarlos, no, pero en cuanto nos veía lanzándole cosas a la mata se acercaba con paso lento y desde muy cerca nos decía bajito: “No, no, no, no me le tiren piedras, a los árboles también les duelen los golpes, miren, ahí está una vara, tumben y lleven todos los que quieran” y nos hacía bajar la cabeza de vergüenza.

El tronco del viejo Mamoncillo

Así era María Mora, su casa llena de cuanto “bicho” camina por estas tierras, muy pocos realmente suyos, gallinas que ponían sus huevos en los cuartos, gallos que caminaban dueños de todo, palomas mensajeras y gorriones que se disputaban los granos de arroz y los trocitos de pan sobre la mesa de la inmensa cocina comedor con piso de tierra, zunzunes, y todo en una suerte de paraíso en el que la paz reinaba y su dueña parecía saber que todo lo que logramos o nos es dado, es sólo para ser usado por un tiempo y que de nada seremos eternamente dueños. Así vio siempre la vida nuestra buena María, como con el paso de los andan regalando amor.

En estos días me acordé mucho de ella, casi siempre me acuerdo, porque entre otras cosas, eché mi niñez en su misma calle, porque aprendí a admirarla y respetarle desde aquella vez que me sorprendió con un dedito en mis fosas nasales. Llegó despacio, me tomó de la mano y me dijo tiernamente: “Eso es muy feo, cuando sientas que necesitas limpiarte, pídele un pañuelito a tu mamá”. Caminamos hacia mi casa y yo temblaba de miedo, llamó a la autora de mis días: “Mire, si me promete que no le pegará le digo algo”- confirmada la promesa, continuó con lo que tenía que decir y cerró- “Él no lo hará más, es un niño bueno y usted una buena madre”. Dicho esto se viró hacia mí y me dijo: “Vamos, tengo un regalito para ti”, fuimos hasta su casa y me regaló “Los cuentos de Mamá Luna”, un libro precioso que todavía conservo, con su firma al pie de una página.

María fue una de las principales promotoras para la construcción de la Unión Club, después Círculo Social y actualmente casa de Cultura, organizó las más hermosas veladas de que se tiene noticias aquí, y es tal vez la maestra que tiene el record de más niños alfabetizados en la Buenaventura de los años 30 y 40.

Aquí está María, de pie en primer plano a la derecha, con algunos vecinos de Pueblo Viejo, en un Viernes Santo, cuando todavía no había casas en Buenaventura

Por todo eso me acuerdo de ella, y cosas que tiene la vida, hace unos días estaba pensando en ella, en su figura pintoresca de faldones, encajes y pamela, de su enorme sombrilla y de algo que también la singularizó: María de los Ángeles Mora era extremadamente religiosa, su fe la llevaba a confiar en sus plegarias hasta en los momentos más difíciles. Cuando pasaba mucho tiempo sin lluvias, cuando la tierra ya pedía a gritos una gota de agua, enseguida todos, sabedores de la costumbre de la maestra, iban a su casa y María la fiel devota, organizaba la procesión. El pueblo entero se lanzaba a la calle, se le unía con estandartes y vírgenes y al frente ella, marcando el paso de la multitud pedía la lluvia salvadora. En eso pensaba hace unos días, cuando sin notarlo yo, después de varios meses totalmente secos, se nubló y ha caído uno de los más grandes aguaceros que he visto en mi vida,… y tranquilito. ¡Gracias María, donde quiera que te encuentres!

“El COCODRILO de RIZO”

Todavía nos impresiona

Para los que me lean en cualquier parte del mundo, un cocodrilo es un cocodrilo, pero el cocodrilo del que voy a hablarles no es sólo eso, es además de un peligroso reptil, una parte inseparable de la historia de mi pueblo, este pedazo de tierra, montado a horcajadas sobre una serpiente de asfalto que va de punta a cabo de toda la isla grande y que los entendidos en cuestiones de vialidad, llaman “carretera central”. Aquí, tenemos todavía uno de esos animales, que puede verse disecado en el museo municipal, con su bocaza abierta y su piel perfectamente conservada. ¿Por qué está ese cocodrilo ahí?, pues aquí les va el cuento.

Hace tiempo, cuando todavía  yo era un niño de unos seis o quizás siete años, un señor muy conocido aquí y de nombre Celestino Peña, apodado “Rizo”, tuvo la feliz idea de construir una pequeña alameda, con árboles, aceras y bancos para el esparcimiento popular; las autoridades lo vieron con buenos ojos y le dieron luz verde, y así, en algunos meses Buenaventura “estrenó” su paseo, que todavía es el centro del poblado.

Pero Rizo no se conformó con eso y decidió coronar su obra con algo que llamara la atención del visitante y que además atrajera a los habitantes de esta humilde tierra, poco habituados a ver cosas fuera de lo común, y así fue como se le ocurrió diseñar una especie de “acuario”, mínimo, ínfimo y en forma de estrella. Pero, ¿qué “echar” en el acuario?, entonces, lo inimaginable, Rizo contactó con unos amigos en la Ciénaga de Zapata, en la provincia de Matanzas y se apareció con dos cocodrilos, pequeñitos, pero cocodrilos al fin.

Aquello era lo más grande del mundo, desde ese día todos los padres tuvieron un lugar a donde llevar a sus hijos; los diez lados, las cinco puntas y los cinco vórtices de la “estrella” eran insuficientes para albergar a la cantidad de curiosos que todos los días íbamos a “ver a los cocodrilos”. La gente se agolpaba en torno a aquel acuario, iluminado por decenas de bombillas de varios colores en un espectáculo inusual y hermoso, romántico y perdurable en la memoria de los que lo vivimos.

El cubano es solidario hasta con los animales, y pronto comenzaron a llegar los más osados con trocitos de carne, animalitos muertos, y toda suerte de alimentos; pero con ese descontrol de suministros, el agua se enturbiaba demasiado pronto y no se podía ver a los reptiles, de modo que Rizo volvió a pensar y diseñó una tapa, también en forma de estrella, toda elaborada de pequeños aritos de metal, que permitía la visión a la vez que impedía que alguien pudiera lanzar desperdicios al estanque.

Uno de los espectáculos a los que todos queríamos asistir era al de la limpieza del acuario. Rizo, un hombre probado en el trabajo y en la vida, se lanzaba, escoba en mano y con la destreza de un domador, esquivaba a los cocodrilos, que poco a poco y casi sin notarlo nosotros, habían estado creciendo, a tal punto que ya les costaba trabajo caminar por el  reducido espacio de su confinamiento. Rizo lavaba el estanque, botaba los residuos indeseables y con habilidad de trapecista saltaba el muro, colocaba nuevamente la tapa en su lugar y todo ante la mirada envidiosa de los más pequeños y la de los cocodrilos que al parecer le conocían, le querían y hasta le respetaban.

Así pasó el tiempo, todos crecimos un poco y los reptiles también, no recuerdo bien cómo ni cuándo murió el más pequeño de los dos y entonces quedó uno sólo, por eso el título de esta crónica, porque por unos cuantos años más lo vimos a él, al único, amo y señor de nuestro humilde paseo, con su colota enorme, su bocaza abierta tragando toda suerte de animales sacrificados o fallecidos, con su paso lento, calculador, sus ojos inexpresivos y su mirada fría, hasta un día en que no lo vimos más, Rizo entregó el acuario, lo rellenaron de tierra y paso a formar parte de la base de un monumento que nos identifica como municipio. El inmenso cocodrilo, a petición de muchos, fue sacrificado y disecado para ser exhibido en el naciente museo local. Allí permanece, con sus dientes afilados, impresionando a los niños y hasta a muchas personas mayores, como un recuerdo imborrable de nuestra niñez, del nacimiento del paseo, de Rizo y de tantas otras cosas que son importantes para nosotros. Si un día vienes a Buenaventura, a este pequeño rincón de Cuba, y ves a ese cocodrilo en nuestro museo, ya conoces por qué está ahí. Ahora recuerdo una anécdota que también es parte del cocodrilo y que tiene que ver con su alimentación.

Ahí sigue, con su bocaza abierta

Una de aquellas tardes, pasado el tiempo y cuando ya la mayoría de los habitantes de aquí nos habíamos acostumbrado al cocodrilo, una señora, muy “encopetada” y con ciertas ínfulas, pasaba cerca de la “estrella”; iba con su hija de unos ocho o nueve años, Cirilo estaba allí, Cirilo, uno de los dementes clásicos del poblado y que como todos saben aquí, habla muy poco, a veces unas frases incoherentes, pero ni es dado a comentar ni mucho menos a responder a nadie. Y nadie sabe, a ciencia cierta por qué lo hizo, que rabia tenía por dentro o qué cosas imaginó él de aquella gente que miraba con recelo al animal mientras este se alimentaba. La niña preguntó a la madre:-¿y qué se está comiendo mamá?- la madre, con pose aristocrática, como sin saber nada de nada respondió.-“Ay, no sé, es asqueroso”

Cirilo, ni corto ni perezoso, como impulsado por un resorte inexplicable y secreto, un corrientaza mental, abrió sus ojos de loco, su mirada echaba chispas y muy cerca de la mujer y su hija le espetó con voz clara y discurso preciso y cubano: “Eso es un mondongo de Chivo, señora”. Se dio un par de sombrerazos en un muslo y se fue de allí.

ROMEO Y JULIETA en “Las Mantecas”

Romeo y Julieta, los eternos amantes de verona…

¿Quién puede cerrar los ojos ante el inmenso amor que convulsiona en esos corazones? ¿Quién podría no emocionarse ante tanto sacrificio y tanto sufrimiento? No importa el tiempo, no importa el lugar de la tierra en donde sea leída, vista o escuchada la inmortal obra, si hay dos amantes, habrá un Romeo y una Julieta.

Por eso no es de extrañar que aquí, muy cerca de Buenaventura, en plena campiña, Cupido haya flechado a dos corazones de tal modo que ni el mismo William Shakespeare hubiera podido resistirse a contar la historia, y tal vez, de haberla conocido, hoy en lugar de aquellos nombres, el teatro universal narrara con orgullo el amor imposible de: “Walter y Luisa, los amantes de Las Mantecas”.  

La historia no pudo ser más enrevesada y estar más cargada de tensiones… Todo comenzó a principios del siglo XIX, a pocos años de que José Pérez, no sé por qué conocido como “Molina” y el gallego Ramón Pardo, se asentaran en la falda de la Loma de la Plata.

La manera de vivir y de convivir entre los seres humanos es tan complicada que por razones nimias puede convertir en enemigos acérrimos a dos personas y hasta a sus familias completas. Así sucedió con José “Molina” y el viejo Ramón Pardo, que por un asuntico de no coincidir en el modo de llevar sus vidas, se juraron enemistad eterna y llegaron a pedirse sus respectivas cabezas, la una criolla y la otra  bien ibérica.

No es que los gallegos sean brutos, es que tienen un genio que les vuelve ciegos y cuando un gallego dice “Por aquí”, ni sus pies pueden decir “por acá” porque se quedan sin el gallego que venía arriba. Sucede que andando el tiempo y como para complicar las cosas, un hijo de José Pérez se “fijó” en una de las hijas del gallego  Pardo, es decir, un Montesco se enamoró de una Capuleto.

Las lenguas de la época comentaban que las comadres sí se hablaban, a escondidas, claro está, y hasta se pasaban algún que otro platillo de dulces por las partes menos visibles de la cerca que las dividía, bajo el más alto riesgo de ser sorprendidas por sus respectivos esposos, pero eso queda en la especulación; lo cierto es que Walter Pérez y Luisa Pardo sí se veían a escondidas, se las ingeniaban para encontrarse después que ella leía las cartas que él le enviaba a través del aire, envueltas en una piedra.

Así pasaban los días y tanto el bueno de Walter como la enamorada de Luisa querían y no querían, es decir, querían oficializar su relación pero ninguno se atrevía a ponerle el cascabel al gato, o lo que es lo mismo, sonarle el “trompetazo” al intransigente Ramón Pardo, a fin de cuentas el “mas perjudicado” por ser el padre de la moza.

Pero bueno, hay cosas que no pueden ni deben demorar mucho y un buen día, o malo, según se mire, el Romeo criollo le dijo a su enjaulada Julieta: -Hoy, esta misma noche, de lo que no hay remedio voy a tu casa, y que salga el sol por donde salga- y lo más bonito es que cumplió con su palabra.

Eran aproximadamente las 7 de la noche cuando la portería de enfrente sonó, unos pasos y ya estaba Walter dando con sus nudillos en la puerta del viejo Pardo. Luisa sacó fuerzas y con la poca respiración que le quedaba dijo: “Vaaa”, se adelantó y entreabrió la puerta. Hasta ese momento tenía la esperanza de que no fuera él, no porque no lo amara con todas sus fuerzas sino por lo que sabía le vendría encima. Pero bien, a lo hecho pecho y blanca como una tusa de maíz, porque entonces el papel era poco frecuente, fue hasta la cocina y llamó a la madre, la madre al padre y el padre sin tener pleno conocimiento de lo que a sus espaldas se tramaba presentóse en la sala. ¡Para qué fue aquello! ¿Qué carajo haze ozté en mi caza?- esas fueron las palabras del viejo que casi no dio tiempo a Walter a balbucear el  discursito que había preparado y que más o menos lanzó como pudo; “Yo, este, que soy novio de… y que yo y ella…”.

Bueno, para que contar, el gallego Pardo salió como alma que lleva el diablo en busca de su escopeta, la vieja a dar gritos, la novia aturdida sin saber qué hacer y como es de suponer, el novio no se encomendó a nadie más que a sus pies y salió disparado dejando tras sí un fandango de a quintal y medio.

No, no, que va, ahí no termina la cosa. Ya les conté al principio que el amor cuando es bueno, es bueno, como el de las películas, el teatro y las novelas y a pesar de que por poco se acaba el mundo empezando por Las Mantecas, los dos enamorados volvieron a sus andadas, las piedras envueltas en papelitos se llovían de un lado y del otro de la cerca maldita, hasta que llegó el día de la decisión definitiva: “Hay que escaparse”.

El plan fue fraguado muy bien para que no hubiera fallos. El transporte estaba garantizado: Una yegua de trote que pedía espuela; la habitación un poco distante pero bien escondida del bravo gallego y los víveres, que en estos casos no precisan ser muy abundantes pues los besos y caricias suplen cualquier otro alimento. De modo que todo se previó cuidadosamente, hasta el “chiflido” que salió de los labios emocionados de Walter. Eran aproximadamente las 12 de la medianoche…

Nada que ver, pero puede recordar a la enamorada de nuestra historia

Luisa, sigilosa, salió por la pequeña abertura que dejó la puerta entreabierta. Sus pasos menudos la llevaron directamente hacia donde le aguardaba su amado y allí, con un beso, sellaron la más sonada escapada de que se tiene noticias en toda esta zona. Con el trote de la yegua y las frases de amor ni el camino sintieron. La noche, de imaginar, y al amanecer cuando la “vieja” extrañó a la joven, el grito de terror, el llanto y de nuevo el gallego a buscar la escopeta. Tilo, consejos, perretas, y el copón divino, pero ya el mal estaba hecho y había que darle el frente.

Pasaron los días, que se volvieron semanas, meses y andando el tiempo Ramón aceptó a su hija y de hecho a sus nietecitos aunque a ella se le vio muy poco después de aquello en la casa del viejo. En cuanto al marido, nada de nada, Pardo jamás lo tragó. De más está decir que las dos familias acrecentaron su odio mutuo y mientras el “gaito” vivió jamás se hablaron, después sí, de todos modos los tiempos y las mentes cambian. Como ya les dije, de la trágica unión de Walter y Luisa nacieron dos hijos que, por supuesto, se criaron en medio de la balacera. Hoy ya son abuelos y de seguro más condescendientes con el amor de su prole. Nada, que la de Romeo y Julieta no es la única historia de amor digna de ser contada.

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